Entre abril y mayo de 2024, Rio Grande do Sul, uno de los estados más importantes del sur de Brasil, enfrentó uno de los peores desastres naturales de su historia: una serie de inundaciones extremas que afectaron a más del 95% de sus municipios. En apenas una semana, lluvias extraordinarias afectaron a 478 de los 497 municipios, con un saldo devastador: 182 víctimas fatales, más de 580.000 desplazados y pérdidas económicas y ambientales incalculables (Caleffi et al., 2024). Un año después, este evento obliga a reflexionar no sólo sobre las causas inmediatas, sino también sobre los procesos geográficos, históricos y sociales que configuraron un escenario de vulnerabilidad creciente (construcción social del riesgo).
Las inundaciones no son fenómenos nuevos en América del Sur. Sin embargo, su frecuencia, intensidad y repercusiones se han intensificado debido al cambio climático, la historia territorial, la urbanización desordenada, la transformación del uso del suelo y deficiencias en la gestión ambiental. Según Hyndman y Hyndman (2014), "los desastres naturales no son únicamente eventos físicos; son el resultado de la interacción entre procesos naturales y condiciones humanas vulnerables". Esta afirmación resulta especialmente pertinente al analizar las inundaciones en Rio Grande do Sul.
Contextualización histórica y ambiental
Desde los siglos XVIII y XIX , Rio Grande do Sul se consolidó como un territorio de poblamiento intensivo, primero con colonos portugueses y luego con inmigrantes europeos (alemanes, italianos, polacos), quienes se asentaron cerca de los principales ríos y lagunas. Las ciudades más importantes, como Porto Alegre o Pelotas, se desarrollaron en llanuras de inundación y cerca de cuerpos de agua como la Lagoa dos Patos y la Lagoa Mirim, aprovechando su fertilidad.
Durante el siglo XX, el crecimiento poblacional, la expansión agrícola (especialmente soja y arroz) y la urbanización acelerada alteraron profundamente la cobertura vegetal natural del estado. Estudios recientes indican que, entre 2000 y 2014, la superficie de pastizales en el bioma Pampa disminuyó en un 25%, mientras que el cultivo de soja aumentó un 145,5% (Mengue et al., 2019). Esta pérdida de vegetación autóctona disminuyó la capacidad de infiltración de agua y aumentó la escorrentía superficial.
El sistema hidrográfico regional, dominado por las cuencas de los ríos Jacuí, Taquari, Caí y Gravataí, vierte sus aguas hacia la Lagoa dos Patos, la mayor laguna de agua dulce de América del Sur, cuyo nivel puede ser afectado tanto por lluvias como por fenómenos de marea, un factor clave en el agravamiento de las inundaciones de 2024.
Factores climáticos y ambientales de las inundaciones
Precipitaciones extremas y bloqueo atmosférico
Las lluvias comenzaron el 29 de abril y persistieron durante varios días, con acumulados superiores a 500 mm en algunas localidades. Esta cantidad representa cerca del 40% del promedio anual en menos de una semana (Magalhães Filho et al., 2024).
Este comportamiento fue provocado por una combinación de factores atmosféricos anómalos, destacándose la presencia de un bloqueo de alta presión en niveles medios y altos sobre el centro-este de Brasil, que impidió el desplazamiento de los sistemas frontales hacia el norte.
Este bloqueo atmosférico, de tipo Omega, generó un canal continuo de transporte de humedad desde la Amazonía hacia el sur del país, también conocido como río atmosférico.
Sobre Rio Grande do Sul, esa humedad convergió con una zona de baja presión semiestacionaria, generando tormentas constantes y muy localizada en la misma región durante varios días, un patrón típico en eventos catastróficos de inundación.
Este tipo de configuración atmosférica ha sido identificado por el IPCC (2021) como uno de los efectos esperados del cambio climático: eventos de "estancamiento de sistemas de precipitación" que intensifican la acumulación de agua en períodos cortos.
Cambio climático
De acuerdo con el IPCC (2021), el sur de América del Sur es una de las regiones donde se han observado cambios significativos en los patrones de precipitación. Las lluvias intensas se están volviendo más frecuentes y severas, incluso cuando las lluvias moderadas disminuyen. Rio Grande do Sul se encuentra en una zona de transición entre climas subtropicales y templados, especialmente sensible a estas variaciones.
Mareas elevadas y efecto tapón
En paralelo a las lluvias, las mareas sobre la Lagoa dos Patos se encontraban en niveles altos. Esto provocó un efecto tapón, ya que el agua de los principales ríos (Jacuí, Taquari, Caí, Gravataí) no podía drenar eficientemente hacia el Atlántico, retroalimentando el anegamiento en zonas bajas y urbanizadas (Caleffi et al., 2024).
Transformaciones del paisaje
La deforestación, la pérdida de humedales, la impermeabilización del suelo urbano y la canalización de cursos de agua naturales modificaron radicalmente la respuesta hidrológica del territorio. Estas transformaciones redujeron la infiltración y aumentaron el escurrimiento superficial. Como señalan Keller y Blodgett (2006), "la interacción entre procesos naturales extremos y sistemas humanos no preparados es lo que convierte un evento en desastre".
El evento de abril/mayo de 2024
Las lluvias comenzaron intensamente el 29 de abril y persistieron hasta el 6 de mayo de 2024. Durante esos días:
- Se vieron afectados 478 de 497 municipios (Caleffi et al., 2024).
- Se reportaron 182 muertos y más de 580.000 desplazados.
- Áreas urbanas como Porto Alegre, Pelotas, Estrela, Roca Sales, Eldorado do Sul y Montenegro sufrieron anegamientos históricos.
Las aguas desbordadas anegaron zonas densamente pobladas y zonas rurales vitales para la producción de alimentos. La infraestructura de transporte, energía y saneamiento básico colapsó en varias localidades. La creciente de la Lagoa dos Patos alcanzó niveles récord, afectando ciudades costeras y retroalimentando el fenómeno de inundación en la cuenca baja de los ríos principales.
El colapso de sistemas de drenaje, la saturación de suelos y la persistencia de lluvias configuraron una crisis socioambiental de gran escala.
Impactos sociales, económicos y ambientales
Sociales
Más de 2,3 millones de personas fueron afectadas directamente. Se reportaron crisis humanitarias por la falta de agua potable, cortes de electricidad y brotes de enfermedades transmitidas por el agua (Magalhães Filho et al., 2024). Además, los daños psicológicos fueron significativos, con altos índices de estrés postraumático en las zonas más golpeadas, sobre todo en las poblaciones desplazadas.
Económicos
Las pérdidas económicas superaron los 3.000 millones de reales. Los sectores agrícola y pecuario resultaron devastados, en particular los cultivos de arroz, soja, ganadería, producción láctea y vitivinicultura, pilares de la economía regional (Caleffi et al., 2024). Por otro lado, cuantiosos daños se produjeron en la infraestructura vial, puentes, viviendas y sistemas de saneamiento.
Ambientales
Se registraron importantes alteraciones en los ecosistemas acuáticos, especialmente en las lagunas costeras, donde el ingreso masivo de sedimentos y contaminantes deterioró la calidad del agua y afectó la biodiversidad local.
Análisis de la gestión del riesgo y respuesta institucional
La capacidad de respuesta municipal mostró grandes deficiencias. De acuerdo con Schabbach et al. (2024), "sólo el 23% de los municipios menores a 20.000 habitantes contaban con Plan Director que contemplara la prevención de inundaciones".
Además, las deficiencias en saneamiento básico, especialmente en ciudades medianas y pequeñas, amplificaron los impactos del desastre (Magalhães Filho et al., 2024). Tal como advierten Hyndman y Hyndman (2014), "los desastres naturales se convierten en catástrofes cuando las infraestructuras humanas no son capaces de mitigar los daños".
Ecos en el Cono Sur sudamericano: Inundaciones en zonas costeras y en el centro de Chile.
Las inundaciones ocurridas en Rio Grande do Sul en 2024 no son un hecho aislado. En las últimas décadas, numerosas ciudades costeras de Sudamérica han sufrido eventos similares, caracterizados por precipitaciones extremas, escurrimientos incontrolados, fallas en el drenaje urbano y altos impactos sociales y económicos. Aunque con particularidades locales, estos eventos comparten patrones comunes vinculados al cambio climático, a la urbanización no planificada y a la falta de gestión integral del riesgo.
Bahía Blanca (Argentina, 2025)
En marzo de 2025, esta ciudad portuaria del sur bonaerense fue afectada por lluvias excepcionales que en pocas horas superaron los 200 mm. El agua anegó barrios enteros, destruyó calles, colapsó el transporte público y expuso la precariedad del sistema pluvial. Informes de Defensa Civil y reportes periodísticos destacaron que muchos sectores del casco urbano fueron construidos sobre antiguos bajos sin obras hidráulicas adecuadas. Tal como señalaban Zapperi y Campo (2011), “el crecimiento urbano en zonas topográficamente deprimidas, sin infraestructura de escurrimiento proporcional, genera una exposición estructural al riesgo”.
Comodoro Rivadavia (Argentina, 2017)
En marzo de 2017, esta ciudad patagónica vivió una de las peores catástrofes hídricas de su historia. Lluvias torrenciales —inusuales para un clima árido— provocaron aludes de barro y agua que arrasaron viviendas, rutas y tendidos eléctricos. El evento reveló cómo las laderas urbanizadas sin contención, combinadas con pendientes pronunciadas y canales pluviales ineficientes, pueden detonar desastres graves. Como indica Paredes (2019), “la catástrofe fue la expresión visible de décadas de urbanización informal sin consideración de la geomorfología local”.
Montevideo (Uruguay, 2024)
En 2024, Montevideo y su área metropolitana enfrentaron varios eventos de lluvias intensas que provocaron inundaciones urbanas, afectando viviendas, infraestructura y servicios esenciales. Uno de los episodios más destacados ocurrió el 2 de marzo, cuando un sistema de tormentas organizadas ingresó por el suroeste del país, afectando principalmente la zona sur. Este sistema provocó precipitaciones abundantes y puntualmente copiosas, con acumulados de 20 a 40 mm en 3 horas, y rachas de viento muy fuertes de 80 a 110 km/h, generando inundaciones repentinas en varios puntos del Área Metropolitana de Montevideo.
Posteriormente, entre el 8 y 9 de marzo, otro sistema de tormentas afectó el suroeste del país, generando precipitaciones puntualmente copiosas en cortos períodos de tiempo y rachas de viento muy fuertes. En la ciudad de Mercedes, por ejemplo, se registraron 85 mm de lluvia en una hora, lo que provocó inundaciones repentinas y daños por viento.
Según el balance anual del Sistema Nacional de Emergencias (SINAE), en 2024 se registraron un total de 95 eventos hidrometeorológicos adversos en Uruguay, de los cuales 40 fueron inundaciones, afectando a 13.682 personas y 5.090 viviendas. Los departamentos más afectados en términos de personas fueron Durazno, San José, Paysandú y Florida.
Además de los impactos directos, las lluvias copiosas también provocaron consecuencias ambientales, como la proliferación de cianobacterias en las playas de Montevideo, lo que llevó a la colocación de banderas sanitarias en toda la costa debido al riesgo potencial para la salud de la población.
Estos eventos evidencian la necesidad de fortalecer la infraestructura urbana y los sistemas de drenaje, así como de implementar estrategias de adaptación al cambio climático para reducir la vulnerabilidad de las áreas urbanas frente a eventos hidrometeorológicos extremos.
Chile Central y Sur (2024)
En junio de 2024, Chile enfrentó una serie de sistemas frontales que provocaron intensas lluvias y vientos en las regiones del centro y sur del país, incluyendo Coquimbo, Valparaíso, Metropolitana, O’Higgins, Maule, Ñuble y Biobío. Estos eventos meteorológicos causaron graves inundaciones, desbordes de ríos, deslizamientos de tierra y daños significativos en infraestructuras y viviendas.
Uno de los sistemas frontales más severos ocurrió a mediados de junio, dejando un saldo de más de 6.300 damnificados, un fallecido, 576 personas aisladas y 3.842 viviendas con distintos grados de afectación. La región del Biobío fue la más afectada, con más de 6.300 damnificados. Las autoridades declararon zona de catástrofe en varias regiones para facilitar la respuesta y recuperación ante la emergencia.
Posteriormente, a finales de junio, otro sistema frontal impactó la zona centro-sur del país, provocando más de 800 personas aisladas, 1.700 casas dañadas y 74.000 hogares sin electricidad. Las comunas de la Región Metropolitana, Valparaíso y O’Higgins fueron especialmente afectadas, con inundaciones, cortes de energía y desbordes de ríos y canales.
Estos eventos evidencian la creciente vulnerabilidad de Chile frente a fenómenos meteorológicos extremos, exacerbados por el cambio climático. La combinación de precipitaciones intensas, isoterma cero alta y suelos saturados aumenta el riesgo de inundaciones y deslizamientos de tierra, especialmente en zonas urbanas y rurales con infraestructura deficiente o asentamientos en áreas de riesgo.
Las autoridades han enfatizado la necesidad de fortalecer la infraestructura de drenaje, implementar planes de ordenamiento territorial que consideren los riesgos naturales y mejorar los sistemas de alerta temprana y respuesta ante emergencias para mitigar los impactos de futuros eventos climáticos extremos.
Reflexiones finales: aprendizajes y desafíos para el futuro
El desastre de Rio Grande do Sul en 2024, junto con los eventos recientes en Bahía Blanca, Comodoro Rivadavia, Montevideo y Chile, pone de manifiesto que las inundaciones en Sudamérica no son fenómenos aislados ni imprevisibles, sino parte de una nueva normalidad climática marcada por eventos extremos más frecuentes y destructivos.
A lo largo de este análisis, se han identificado múltiples factores estructurales que explican por qué los daños fueron tan significativos:
- La urbanización sobre planicies aluviales y laderas inestables.
- La pérdida de ecosistemas reguladores como humedales y pastizales.
- La deficiente infraestructura de drenaje y saneamiento.
- La falta de planificación territorial con enfoque de riesgo.
- La desigualdad social que expone a los sectores más vulnerables.
Como plantean Keller y Blodgett (2006), “la clave no está sólo en entender el peligro natural, sino en reducir la vulnerabilidad humana”. Este principio debe guiar las políticas públicas de los próximos años si se pretende transitar hacia territorios más resilientes.
Aprendizajes clave
- El riesgo es socialmente construido: La interacción entre condiciones naturales y decisiones humanas determina la magnitud del desastre (Hyndman & Hyndman, 2014).
- Los mapas de riesgo deben ser instrumentos vinculantes: No basta con su existencia; deben integrarse en los códigos de edificación y el ordenamiento territorial.
- La adaptación al cambio climático es urgente: Las ciudades deben asumir que eventos extremos serán más frecuentes y planificar en consecuencia.
- La gestión del riesgo debe ser intersectorial y multiescalar: Involucrar a gobiernos locales, provinciales y nacionales, junto con organizaciones comunitarias y científicas.
- La prevención es más económica que la reconstrucción: Cada dólar invertido en prevención ahorra entre 4 y 7 dólares en costos de desastre (UNDRR, 2022).
Desafíos prioritarios para América del Sur
- Planificación urbana basada en riesgos: Integrar estudios geográficos, hidrológicos y climáticos en cada nuevo desarrollo urbano o infraestructura.
- Inversión en infraestructura resiliente: Obras de drenaje, estaciones de bombeo, restauración de cauces, humedales artificiales, techos verdes.
- Protección y restauración de ecosistemas: Humedales, llanuras de inundación, vegetación nativa que actúa como esponja ante las lluvias.
- Fortalecimiento de la gobernanza del riesgo: Dotar a municipios pequeños de herramientas técnicas y presupuestos para la prevención.
- Educación ambiental y en riesgos desde la infancia: Incluir contenidos sobre amenazas locales, resiliencia y protocolos de acción en los planes de estudio.
Pensar el riesgo como una construcción cultural
No podemos seguir entendiendo los desastres como castigos naturales inevitables. Como señala Wisner et al. (2004), “los desastres ocurren cuando una amenaza encuentra una población vulnerable”. La gestión del riesgo debe pasar de una lógica reactiva a una cultura preventiva, donde la ciencia, la comunidad y las instituciones trabajen de forma articulada.
El caso de Rio Grande do Sul debe convertirse en un punto de inflexión: o se aprende de él, o se repetirá con otros nombres y en otros territorios.
Bibliografía:
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- CEPAL – Comisión Económica para América Latina y el Caribe. (2006). Desastres naturales y desarrollo en América Latina y el Caribe: Tendencias y políticas públicas. Naciones Unidas. https://hdl.handle.net/11362/6304
- El País Uruguay. (2024, 12 de marzo). Otra consecuencia de las lluvias: playas de Montevideo están con bandera sanitaria, ¿qué pasa y a qué se debe? https://www.elpais.com.uy/informacion/servicios/otra-consecuencia-de-las-lluvias-playas-de-montevideo-estan-con-bandera-sanitaria-que-pasa-y-a-que-se-debe
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